Nuestro relato, Marraquiz: el gato con botas al servicio de su deidad Bastet, tiene tres versiones porque nació como un relato que convertimos en cómic y presentamos en vídeo. Aquí podréis encontrar el cómic/vídeo y el relato, pero quizá queráis ver antes nuestra constelación o nuestros datos bibliométricos, que son muchos más que los recogidos en este relato.
La historia de Marraquiz en vídeo
El relato de nuestro superhéroe Marraquiz
—Dame el comunicador —exigió el gato con botas.
—Pero, Marraquiz [1], ¿qué haces aquí?—preguntó sorprendida Cenicienta [2].
—Oye, guapa, no des voces, no quiero que mi nombre en clave sea de dominio público. No quiero perder la cabeza la próxima vez que pase por el reino [3] —dijo el gato, agarrando la zapatilla de Cenicienta y acercándosela a la boca. —Aquí Marraquiz—dijo en un susurro, observando a izquierda y derecha. —Necesito transporte urgente.
—Entendido, Marraquiz. Punto de encuentro en la casa del tercer cerdo [4]. Acude solo y deshazte antes de la ropa— le indicó una voz sin emociones.
Marraquiz le devolvió el comunicador a Cenicienta mientras preguntaba:
—¿Y cómo me deshago yo ahora de la ropa y, lo más importante, qué me pongo?
—Tengo un primo que está siempre haciendo negocios un poco turbios… Ahora mismo está asociado con un ogro y se están trabajando a un mocoso diminuto [5]. Fíjate que ni más ni menos que le quieren hacer creer que se lo van a comer —dijo riendo a carcajadas— Bueno, sí, quiero decir que seguro que os puedo poner en contacto.
Como Marraquiz estuvo de acuerdo, Cenicienta concertó una cita y allí acudió raudo.
Las negociaciones con el primo de Cenicienta, un tipo raro aquejado de carcoma y algo narigudo [6], le permitieron a Marraquiz adquirir, a cambio de sus botas y de su sombrero, un sencillo y eficaz disfraz de rata que incluía un bonito vestido, un lazo rojo para la cola [7] y un collar muy elegante con conexión WiFi que le permitiría permanecer en contacto con propios y extraños [8] sin depender de zapatillas de cristal. Años después se enteró de que su sombrero acabó en la cabeza de un perro francés chiquitajo [9] y le dio tal ataque de risa que casi se desvanece [10].
Marraquiz usó la puerta interdimensional asignada de la casa del tercer cerdo después de un largo ritual de soplar casas y terminó colándose por una chimenea al final de la cual le esperaba un baño en agua hirviendo. Afortunadamente, justo antes de escaldarse, se desintegró para volver a integrarse en otro lugar: la nave nodriza en la que esperaba Bastet [11] con todo su séquito.
Bastet, de belleza felina y desgarradora, se alzó de su trono y se dirigió a Marraquiz en tono ronroneante:
—Querido Marraquiz, hemos sabido de tu gran éxito ubicando a tu humano asignado en el poder. Pero sabes que de nada nos sirve si alejas de él tu felina influencia. Dinos, ¿cómo has incurrido en semejante desprrrrropósito?
—Perdóname, divina Bastet. Sabes que te he consagrado mis 7 vidas, pero creo que la princesa, de alguna forma, me descubrió. Me gritaba que yo, más que gato, era el zorro Richelieu [12]. Fue un horror: cuando no me pisaba el rabo me tiraba de los bigotes. Al final me vi forzado a partir y rogarte que me encomiendes una nueva misión.
—Me siento muy decepcionada— contestó Bastet, adquiriendo durante sólo unos segundos proporciones y pelaje de leona—, pero sería propio de perros no darte una segunda oporrrrtunidad.
Así pues, se encomendó a Marraquiz la misión de viajar al siglo XX. Tan pronto hubo cruzado la puerta temporal en su platillo, fue recibido por Princess Carolyn [13], una perrrrrfecionista representante que puso a Marraquiz al día:
—Nos dormimos en los laureles. Resulta que en los 80, un tipo que partía la pana entre los humanos, David Bowie [14], se enrolla con una gata del cast de Cats [15], y la humanidad lo flipa, que si gato por aquí, gato por allá,... Hacen la peli esa de El beso de la mujer pantera [16] que tanto emociona a Bastet.
—Lo sé, princesa —interrumpió el agente Marraquiz —: Everybody wants to be a cat… [17]
—Pero ya no, Marraquiz. Todo fue bien hasta que Bowie participó en Dentro del laberinto. A partir de ahí la humanidad se desboca: de pronto no quieren saber nada del salvaje e infalible instinto felino. Sólo les interesan criaturas feas y cuquis, así que no sé qué se puede hacer.
Marraquiz estuvo marramiando en silencio un rato y preguntó:
—¿Cuáles son los grandes centros de influencia en estos tiempos?
—Las redes sociales, supongo: Twitter, Youtube,... ¡Ah, y la Facultad de Educación de la UA!
—No me digas… Creo que tengo una idea: si quieren cuqui, tendrán gatetes cuquísimos….
No sabemos a ciencia cierta cuánto éxito tuvo Marraquiz ni si los gatos invasores nos dominan ya, pero se rumorea que hay quien ha escuchado al Profesor R y a su gato mantener largas conversaciones, aunque, lamentablemente, no hayan sobrevivido para contarlo….
En la distancia escuchamos los apremios de Marraquiz a su nuevo protegido y colaborador necesario:
—.... Muy bien, Rovira… Sí, eso es… Y ahora, vamos, mándales una práctica más…. ¡MUAJAJAJAJA!

