RELATO LITERARIO FRIKITERARIOS
Si has encontrado este texto, es posible que tengas en tus manos un anillo dorado con una pequeña piedra roja en su centro. No toques la piedra antes de terminar de leer esto, es importante. La historia de este anillo comienza conmigo siendo un joven estudiante. En aquella época estaba interesado en la mitología de los genios, esos seres poderosos que te conceden deseos. En uno de mis momentos de aburrimiento me dio por frotar cada elemento de mi habitación pensando que quizás hubiera un genio escondido en algún objeto, lo que yo no esperaba es que algo pasase. No me asusté demasiado cuando un ser brillante como el oro apareció a mi lado. Dijo llamarse Uska, y se presentó como un ser mágico muy poderoso que haría de mí un genio. Yo en un principio no me lo creí, pero le seguí el juego por si acaso surgía algo. Uska me dijo que si quería tener el poder de un dios, podría tenerlo con seis limitaciones básicas, según él sería lo más justo. Yo tenía que preguntarle sí o sí el por qué.
—¿Qué sentido tienen las limitaciones en el poder de un dios?
—Si te diera el poder de un dios serías como yo, si yo te doy el poder he de ser capaz de controlarte al menos —dijo reflexivo—. Y para ser más justos todavía, tú te impondrás tres de las seis limitaciones. Cada limitación será un anillo que portarás orgulloso, un anillo en cada dedo pulgar, índice y anular.
En este punto yo sabía que podría estar horas para decidir mis limitaciones, es por ello que le pedí a Uska que me impusiera él las suyas para tener un ejemplo.
—Tu primer anillo pulgar te impedirá cambiar los sentimientos, las emociones o los deseos de cualquier ser; tu primer anillo índice te impedirá devolver la vida a cualquier ser vivo ya perecido; y tu primer anillo anular, el más importante, te impedirá crear impedimentos en el avance de la humanidad.
—Vale, creo que tengo algo pensado teniendo esas tres primeras en cuenta —dije pensativo—. Mi segundo anillo pulgar me impedirá matar, no quiero tener disponible esa tentación; mi segundo anillo índice me permitirá esconderme en él...
—Espera. ¿Qué clase de limitación es el poder esconderte en tu propio anillo? —preguntó Uska tajante.
—Bueno, eso es lo que hacen los genios… ¿Qué tal si puedo esconderme en él pero solo podré salir si se frota? Cómo en las pelis.
—Me parece bien, pero mejor si hacemos que haya que frotar una joya del propio anillo, no queremos que nada quede en manos de la casualidad.
—Claro, ¿por qué no...? —dije sin rechistar, pensando que la había cagado.
—¿Y la última limitación?
—Mi segundo anillo anular me impedirá morir, con la consecuencia directa de que tú serás el único que podrá matarme si lo vieras necesario. ¿Te parece justo? —pregunté con tono burlesco.
—Me lo parece. Eres muy inteligente, me alegro de haberte elegido a ti. Ahora prepárate para recibir los anillos.
En ese momento Uska alzó sus manos sobre mí y comenzó a brillar intensamente. Por un momento cerré los ojos y, cuando los abrí, él ya no estaba y yo tenía los anillos en mis dedos. En un principio pensé que sería buena idea intentar quitármelos, pero resultó ser lo más doloroso que había sufrido en toda mi vida. Es por esto que simplemente los dejé estar e hice vida normal. Según pasaban los días me di cuenta de que todo a mi alrededor salía bien, nada me preocupaba y todo se solucionaba solo, pero la cuestión es que yo no estaba haciendo nada. Todo iba demasiado bien, hasta que un día tuve que usar mi poder a propósito. Era un día raro, estaba nublado y hacía un viento molesto, por lo cual solo salí a comprar lo necesario para el fin de semana y volví rápido a casa. Cuando llegué al portal me crucé con un hombre que no vivía en el edificio, pero era algo normal, así que pasé un poco del encuentro hasta que llegue a mi casa. Al llegar a mi piso vi la puerta abierta y a alguien tendido en el suelo. Me acerqué corriendo y vi algo que nunca habría querido ver: todo era rojo, todo estaba destrozado, todos se habían ido… Al cabo de unas semanas se descubrió que el hombre con el que me crucé había sido enviado para vengarse de uno de los vecinos y se había equivocado de piso. Toda mi vida echada a perder por un error, pero podía huir. Pude escapar de la pena y de los pésames, y de toda la soledad. Para ello usé mi poder por primera vez, simplemente aparecí en medio de un vasto océano y pensé en una isla, una isla con una ciudad en medio y un desierto rodeándola. Al principio nada tenía sentido, estaba solo en una isla con una enorme ciudad, pero con el paso de los años alguien la descubrió y consecuentemente me descubrió a mí. Mi primer contacto en la isla fue con un barco mercante.
—Oye chico, ¿qué haces tú solo en un desierto como este? —preguntó el primer marinero que bajó del barco.
—Simplemente llegué hasta aquí, hay una ciudad deshabitada en el centro —mentí, aunque no del todo.
—No puede ser, no hay mapa que muestre este lugar, es imposible que haya una ciudad si nadie conoce la isla.
—Yo solo sé que estoy aquí desde hace años, solo y a la espera de saber qué hago aquí.
Había parte de verdad en esa frase, creé la isla sin pensar el por qué, cree la ciudad por sentirme en casa, y lo demás era desierto por cómo me sentí. Pero la realidad era que estaba ahí, sin envejecer y sin poder morir ni de hambre ni de sed. Fue entonces cuando según pasaron los años la isla se convirtió en todo un hito y mucha gente empezó a vivir allí. Por suerte nunca destaqué y pude hacer lo que quisiera, además la isla no era propiedad de nadie y se formó una especie de utopía de la que muchos gobiernos querían hacerse cargo. Yo impedía con mi absoluto poder que nada saliera mal, que nadie perturbara la paz de dicho lugar y que el desierto no devorase la ciudad. Todo iba bien, hasta que una de las limitaciones hizo efecto: proteger más la isla y que no perteneciera a ningún país iba a provocar una guerra, y yo no podía intervenir en el avance de la humanidad. Cuando una de las potencias se hizo con el poder en la isla, toda la gente que vivía allí empezó a sufrir. Todos mis esfuerzos por huir de la pena y de la soledad habían sido en vano. Entonces decidí crear una cueva en medio del desierto, rodeando esta de una feroz tormenta de arena que impidiese que nadie la viera o llegase hasta ella. Ahí es donde estás ahora, y eso se debe a que la tormenta por fin ha amainado. Si has llegado hasta aquí significa que has entrado en la cueva y has cogido el anillo en el que me hallo escondido, viviendo tranquilamente mientras descanso del mal mundano. Si crees que lo mereces, frota la joya del anillo y apareceré, a partir de ahí y hasta que pidas tres deseos que no incumplan ninguna de las limitaciones, iré a tu lado. Pero recuerda: al igual que poder hacer lo que quisiera me trajo a mí mismo mucho dolor, el poder desear lo que se quiera te puede hacer caer en desgracia. Piénsalo bien.
Firmado:
Un ifrit demasiado humano.
PD: no toques la alfombra voladora, la creé sin querer y es un poco revoltosa. Si no fuera porque puedo volar, me habría matado varias veces.
